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domingo, 26 de agosto de 2012

Don Machado (Cuento)


DON MACHADO-




Se adelanta al grupo.

Saca del bolsillo del saco, un papel que está prolijamente doblado. Con lentitud acomoda la solapa del bolsillo.

Así ha preservado el pequeño pero significativo homenaje que ha redactado la noche anterior.

Carraspea ligeramente y recorre con la mirada el compacto grupo que rodea el féretro. Después de asegurarse de haber concentrado la atención de los presentes, comienza con voz pausada y clara.

-¡Don Machado! La Sociedad que usted tan dignamente ha presidido durante la última década.....!- Juan continúa con énfasis detallando la soberbia personalidad de este hombre que ahora yace, inerte, en el oscuro reducto de buena madera, que, pequeño y sellado, luego de finalizado los discursos, es bajado lentamente a la fosa abierta.

Juan, no puede evitar un leve estremecimiento, mientras piensa:

-¡Ésta siempre nos espera!- se refiere a la tierra- ¡No tiene apuro! ¡Simplemente abre las fauces y recibe!-

No sabe qué le pasa. Otras veces toma con más filosofía la circunstancia de despedir a un vecino o conocido, también esto de concurrir al simple acto social que rodea algo tan inexplicable como la vida y la muerte.... Hoy está nostálgico.

Es de tarde. El predio de Jardín de Paz, se extiende como una sábana de fresco césped, interrumpido por las losas y cruces que identifican cada lugar y su pertenencia. Los árboles del costado se alargan en sombras con los últimos rayos plenos de este día,....que al fin de cuentas, es un día más.

Un jolgorio de gorriones y calandrias ponen la nota ruidosa en medio del silencio de los presentes. Todo le llama la atención a Juan. Entonces se fija en la pequeña y frágil mujer, que es sostenida por manos que parecen protegerla y guiarla con gran cuidado. Es Doña Beatriz, la esposa de Don Machado.

Juan se acerca y la saluda con emocionado respeto.



Han pasado seis meses, cuando se entera que la enfermedad y la muerte golpearán nuevamente a la familia Machado. Beatriz está gravemente enferma. El mismo día que Juan se entera de la triste novedad, recibe la visita del mayor de los hijos de Machado y Beatriz.

-¡Hola, Juan!- y agrega con tono apesadumbrado- ¿Sabes lo de mamá, verdad?- el breve y afectuoso saludo demuestra la amigable relación que los une.

-¡Sí, lo sé! Si puedo ser útil en algo...-

-Vengo por ese motivo. Me envía mi madre, quiere que vayas.- Juan mira interrogante a Mario, que es un gigantón serio y bueno, además de gran trabajador.

-¿Doña Beatriz me llama? ¿Ella te pidió que vinieras?- Juan siente una profunda tristeza, mezcla de impotencia e incredulidad. Mario afirma cabizbajo. Han crecido juntos, con Mario que tiene su misma edad y con los dos menores José y Joaquín.

Juan, desde muy niño, siente que cada vez que ve a Doña Beatriz, algo se detiene dentro suyo. Como si se instalara el silencio en su corazón. Esa mujer frágil y dulce, no parece tener nada en común con la rotunda personalidad de Don Machado, ni con la saludable presencia de los hijos.

-Mario...¿qué edad tiene Doña Beatriz?- le cuesta asociarla a una enfermedad terminal.

-¿Mamá? Tiene cincuenta, veinte años menos que papá. ¿Qué le digo? ¿Vienes?-

Juan, no duda en acompañar a Mario. Mientras, se pregunta de el por qué de ese llamado.

Cuando llegan, Mario se adelanta haciendo un gesto de espera para Juan. A los pocos segundos regresa y hace pasar a su amigo.



Beatriz, rodeada de blancos almohadones bordados, es una figura pálida y pequeña. Aún en la enfermedad tiene la belleza admirable de siempre.

-¡Gracias por venir, Juan!- con un leve ademán, pide gentilmente quedar sola con el joven.

La emoción pugna por manifestarse en lágrimas, que Juan contiene a duras penas. Opta por tomar la mano que Beatriz le extiende y la sostiene entre las suyas intentando transmitirle calor.

-Juan, sabes que todos te queremos mucho. Don Machado también, siempre te consideró otro hijo más. ¿Sabes de mi enfermedad, verdad?- lo dijo así nomás, sin vueltas.

A Juan le pareció recibir un puñetazo en el pecho.

-¡Sí, Doña Beatriz! Pero siempre hay una esperanza....- calló sin saber qué decir, mientras, ella sonríe enigmática, como quien ve más lejos que el resto. -¿Qué puedo hacer por usted?-

La enferma señala un mueble y le pide a Juan:

-En el segundo cajón al fondo, hay un secreter de madera, tráelo.- Juan obedece al instante.

-Detrás del crucifijo éste- dice señalando la cruz que está sobre el espaldar de la cama – cuelga una llave. Sácala.-

Una vez abierto el cofre- secreter, Juan ve un cuaderno de muchas hojas. Al abrirlo comprueba que está casi lleno.

-¡Llévalo, Juan! Pero debe mantenerse reservado para vos y yo. Para nadie más. No deben conocerlo, es mi voluntad ¿me lo prometes?- Juan va de sorpresa en sorpresa. Ella continúa:

-Quiero que escribas la historia de la vida de mi esposo, Don Ernesto Machado. Ahí está todo anotado. Lo han pedido de la Sociedad donde él fue Presidente por varios años. Debes escribir todo lo que enaltezca a quien todos conocieron y respetaron.- la presión del diálogo parece debilitar a Beatriz, mientras, Juan siente que el sudor corre por su espalda. Ella continúa:

-Juan, no sé cómo explicarlo..., en ése cuaderno escribí muchas cosas que no deben darse a conocer. Escribí lo que no podía contar a nadie..., pero que he perdonado. Recuerda que debes transcribir solamente lo que sea respetable y digno de admiración. Tengo tu promesa, hijo.-

Beatriz parece haber agotado las energías. Juan se apresura a guardar el cuaderno y lo sostiene abrochando

su abrigo.



Está posesionado en la lectura del legado de Beatriz, que sigue resistiendo a su enfermedad. Han pasado dos meses y Juan continúa sorprendido por el contenido del cuaderno.

Es lógico que la mujer haya confiado en él, por cariño, por valoración y afinidad, pero es que además, cuenta con prestigio como escritor, es reconocido por la calidad de sus trabajos que le han dado permanente satisfacción. Don Machado recurrió frecuentemente por un discurso, para escucharle leer algún nuevo cuento, o para compartir las poesías que surgían ante cualquier motivación... ¡Ah! También, por los poemas que acostumbró regalar a Beatriz.

Esto último ocurrió desde que Juan comenzó a escribir a los quince años y Don Machado a deslumbrarse con los resultados de obsequiar una poesía, aunque no fuera suya.

La noche que terminó de leer la totalidad de lo escrito por Doña Beatriz y de extractar mentalmente lo que debía ser aceptable..., Juan no pudo dormir. -¡El canalla de Don Machado! ¿Entonces, Beatriz siempre lo supo?

¡Y yo creía que nada había perturbado la vida de Beatriz!-



Al otro día, va a visitar a la enferma. Como en la otra oportunidad, quedan solos. Pero ahora, la conversación lleva más tiempo por la pronunciada debilidad de Beatriz, que le dice:

-Ya lo sabes todo, Juan. No dejé de enterarme, por supuesto, que a Don Machado lo retiraron muerto de la casa de ésa mujer. Conocí que hubo otros amoríos y sé que hubo otros hijos. Pero ¿sabes? Él siempre regresó a mí, fui lo principal en su vida...., hay algo más. Lo admiré siempre. Yo tenía quince años, cuando nos casamos, y él treinta y cinco. Me amó cada día de nuestra vida en común, nunca tuvo para conmigo una palabra grosera o desatenta. Me rodeó de cuidados y estaba contento cuando me sorprendía ocupada en las tareas de mi agrado, como interminables bordados, la atención de mis plantas, mis dibujos o cualquier entretenimiento que fuera de mi gusto. Siempre tuve autoridad para decidir y él aceptaba todo. La rutina de la casa y las tareas pesadas las realizaban las personas de servicio. -

El rostro totalmente dulcificado por la evocación, resplandece en su palidez.

-¿Pero, ¿usted, Doña Beatriz, le perdonó todas sus infidelidades? Más aún, sabiéndolas ¿nunca le hizo ningún reproche?- otra vez aparece la sonrisa sabia.

-Juan, ¿has conocido...?, mejor dicho ¿ no has vivido todavía un gran amor?- él niega con la cabeza.

-¡Cuando llegue el momento me comprenderás mejor!- agotada deja de hablar y Juan llama para que la atiendan.



Medita sobre todo lo escuchado que ha tomado una dimensión diferente. ¡Qué difícil situación cae sobre su responsabilidad! Si nada hubiera sabido hubiera escrito sobre la personalidad pública del Presidente. Pero..., ahora sabía.

Resultó que, Don Machado, el hombre emprendedor y fuerte, terminante en sus decisiones y casi inflexible en su autoridad. El hombre símbolo del ganador solvente y con prestigio, al que nadie puede adjudicar los errores de un hombre común que se debate entre limitaciones, estuvo siempre amparado por la fortaleza de Beatriz. ¿Qué? ¿Hay algo que no concuerda? ¡Así que la pequeña Beatriz es la gestora del incomparable, Don Machado!

Beatriz, el misterio y la sonrisa. Sólo ella conoce al hombre. Es la que perdona cien veces y otras más... La que no se desmorona en los momentos difíciles y ayuda a su Goliat falible y débil, para que adquiera la suficiente prestancia para recibir los honores y homenajes que los hombres y la sociedad gustan brindar a los poderosos.

Juan, mientras escucha a Beatriz, en esas extrañas y exclusivas entrevistas, pregunta con la mirada, sin palabras, ¿por qué lo hace? ¿Cómo puede, cómo lo logra? Ella entiende las mudas preguntas, pero no las contesta, solo sonríe.

Una semana más y el trabajo está listo. De acuerdo a las indicaciones recibidas, entrega la pequeña obra a la Sociedad que la ha solicitado. Mientras, Beatriz agoniza.



Juan, parado junto a otros, despide los restos de Beatriz. Lo hace en silencio, no necesita palabras. Mario se acerca a él.

-Juan, mamá quiso que te entregáramos esto.- se trata de un pequeño sobre blanco que no tiene nada escrito en el exterior.

Se retira unos pasos, abre el sobre y encuentra un papel donde, con letra pequeña y temblorosa, Beatriz ha escrito:

“Gracias, Juan. Recuerda que, el perdón siempre es fruto del amor.”


Ada Ortiz Ochoa (Negrita)
Sierra Grande- Río Negro- Patagonia Argentina.

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